Más allá de los turistas y el comercio, existe una figura que define la esencia de la vida urbana: el flâneur, el paseante que recorre las calles con tiempo y atención, descubriendo la historia y el pulso de la ciudad.
Toda ciudad necesita a sus flâneurs. Los valora. Por supuesto, necesita a sus habitantes, una ciudad sin ellos es una ruina, y carece de rostro y alma. Sin embargo, no depende esencialmente de los turistas. Quienes necesitan a los turistas son principalmente los comerciantes. Las ciudades, aunque surgieron del comercio, no tienen un interés primordial en el turismo masivo. Lo que una ciudad como Buenos Aires verdaderamente necesita son flâneurs: personas que vagan por sus calles con la actitud de disponer de todo el tiempo del mundo y de brindárselo a la urbe. Su caminar es un homenaje a la ciudad.
Un flâneur en el campo es una contradicción. Quienes recorren áreas rurales pueden ser senderistas o exploradores. El flâneur es inherentemente urbano, nacido en la ciudad industrial y allí permanece, incluso entre las ruinas de industrias obsoletas. Buenos Aires también los necesita, aunque se haya convertido en una ciudad difícil para quienes caminan con ánimo de paseo. Es una ciudad desmesurada, con pocas atracciones concentradas y muchas cuadras que pueden parecer sin alma, o con el alma marcada por situaciones de desamparo. Aun así, atrae a sus flâneurs.
Su trazado en damero, sus perspectivas, sus arboledas como techos verdes, invitan constantemente a caminar y perderse en la infinitud de sus barrios tranquilos. Barrios en silencio que van mostrando al caminante sus secretos con humildad. Buenos Aires tiene una relación particular con la historia: a menudo la borra, la disimula o la encubre con carteles y ruido. Y, sin embargo, la posee. «De sueñera y de barro», como se ha dicho. El flâneur la sigue y la persigue, espiando los lugares donde «se inventó la patria», encontrando una historia a escala humana, a la medida del que camina.
En Buenos Aires no se mira la historia hacia atrás, como en ciudades milenarias; se la mira a los ojos. Uno siente caminar con la sombra de sus antecesores acompañando sus pasos, al borde de iniciar una conversación demorada. El tiempo propicio es el otoño; la hora, la del crepúsculo, ese giro casi imperceptible entre la luz y la oscuridad. Y es al internarse en esa penumbra donde quien camina busca su corazón, y donde la ciudad tiene el suyo, escondido y frágil. Allí es donde se encuentran. No es difícil comenzar a ser flâneur en la ciudad. Después, caminando, se verá.
