Tras 19 meses cerrado por una renovación integral, el icónico hotel que sirvió de escenario para la película «Perdidos en Tokio» reabre sus puertas, conservando el diseño que lo convirtió en un referente del lujo moderno y un símbolo cultural.
WASHINGTON.- El Park Hyatt Tokyo reabrió sus puertas tras un cierre de 19 meses para una renovación integral. Aunque los cierres por reformas son comunes en la industria hotelera, esta propiedad posee una mitología particular. «Es uno de esos hoteles raros que trascendieron a la memoria colectiva», afirma Colin Nagy, un ejecutivo de marketing radicado en Los Ángeles que se ha alojado allí en numerosas ocasiones. «Incluso las personas que nunca se han alojado allí sienten que lo conocen de alguna manera».
Esa sensación de familiaridad, incluso para los visitantes por primera vez, se debe en gran medida a la película de 2003 de la directora Sofia Coppola, «Perdidos en Tokio». La cinta grabó en la imaginación de toda una generación los espacios del hotel, especialmente el New York Bar, donde los personajes de Bill Murray y Scarlett Johansson se encuentran por primera vez. Coppola utilizó el Park Hyatt para evocar una sensación de dislocación, aislamiento y glamour en la noche tokiota.
El hotel también fue un escenario significativo para Anthony Bourdain, quien abrió allí su episodio de «Parts Unknown» en Tokio. Según los expertos, este tipo de permanencia cultural no se puede fabricar. «Después de ‘Perdidos en Tokio’, el hotel se convirtió en sinónimo de cierto estado de ánimo», señala Nagy.
El Park Hyatt Tokyo no es el único hotel con tal relevancia cultural, pero pocos han logrado mantenerla durante décadas. Su reapertura tras esta renovación conllevaba riesgos, dada su estatura mítica. Cuando abrió originalmente en julio de 1994, el hotel redefinió el concepto de lujo premium en Tokio, alejándose del estilo tradicional y ceremonioso de los hoteles de la época para ofrecer una visión moderna y serena.
Ocupando los pisos 39 al 52 de la Shinjuku Park Tower, diseñada por Kenzo Tange, el hotel se concibió como un refugio en las alturas. El diseñador John Morford lo imaginó como una residencia privada en el cielo, utilizando nogal oscuro y una paleta de verdes profundos. Elementos como las camas bajas, diseñadas para que los huéspedes contemplen el horizonte a la altura de los ojos, contribuyeron a su dramática identidad.
La renovación respetó gran parte de este legado. Los pasillos que conducen al registro, cálidamente iluminados y bordeados por 2.000 volúmenes seleccionados personalmente por Morford hace más de 30 años, se mantienen meticulosamente dispuestos. «Cuando superpones este diseño al ‘omotenashi’ (la hospitalidad japonesa), se crea esta sensación subconsciente de ‘estoy en un lugar verdaderamente especial'», concluye Nagy. La modernización de la infraestructura era necesaria, pero el alma del hotel, forjada en el cine y en la historia de la hotelería, permanece intacta.
